Prólogo

«Ellos vendrán desde el este,
hermanados en un refugio de hielo.
Agua, corcho, piedras y aceite,
hijos y legados de Maestros.»

Oráculo de Rissa.


Prólogo

Arf…

Tenía las manos manchadas de sangre.

Arf… Arf…

La estaban persiguiendo. Podía escucharlos tras ella, gritando su nombre. Oía el sonido de su calzado hundiéndose en la nieve, sus armas, su aliento…

Saltó una enorme piedra y rodó por la nieve dejando tras de sí una mancha rosada. Se levantó como un resorte y siguió corriendo, esta vez cojeando ligeramente.

Cof, cof…

Empezó a toser, atragantándose con su propia saliva. Los pulmones le ardían, y rió para sí de su debilidad. No podía parar, o la atraparían. Quería dar media vuelta y dar explicaciones, pero no la creerían, no con esas manos rojas.

Arf… Arf…

Ya estaban muy cerca. Si seguía corriendo tras la próxima colina estaría totalmente al descubierto. No tenía otra opción. Tendría que acabar con ellos. Se agazapó en la nieve, como un animalillo asustado, y esperó.


Tras remontar aquella escarpada colina, Harald Öss Gleiss se dio cuenta de que había perdido a su presa. Se llevó la mano azul a la frente para evitar ser deslumbrado por el sol y observó.

Blanco. Por todas partes no había más que nieve. Algunos árboles se recortaban a lo lejos, oscuros, y un poco más cerca se encontraba uno de los lagos que rodeaban la ciudad.

Harald avisó a los demás batidores, adelantándose unos pasos más, alerta ante cualquier movimiento. Cinco más lo siguieron, azules como él, vestidos con ropa de cuero y cubiertos por capas de oso blanco. No veía más pisadas a partir de ese punto; aquella niña se había escondido bastante bien, pero tenía que encontrarse cerca. Estuvo atento a todos los sonidos de la montaña: a los gorgeos de las peris, el aullido distante de un hulv, incluso al de un diminuto tösk en un árbol cercano que rasgaba la corteza con sus minúsculas patitas.

De pronto, un violento crujido lo sacó de su ensimismamiento. Volvió la vista, justo a tiempo para evitar ser aplastado por un enorme abeto que se precipitó sobre él. Tras levantarse y escupir nieve, la vio a lo lejos. Era ella.

Harald silbó para llamar a sus batidores. Solo le respondieron cuatro. No se preocupó por el quinto. Si estaba vivo regresaría por él.


La joven decidió entonces seguir jugando un poco más, terminar de darles esquinazo. Dio la vuelta y regresó sobre sus propias pisadas, descendió la colina y se deslizó hasta el lago. En un lago como aquel ella patinaba de pequeña con su padre. Hacía tanto de eso…

Los batidores la encontraron nada más alcanzar la orilla, pero tal y como estaba no se sabría distinguir dónde empezaba la capa de hielo. Ella sí lo sabía. El hielo era suyo.

«¡Detente!», escuchó a su espalda. Pero no iba a hacerlo.

Pisó con paso firme la fina capa de hielo, apresurada. Llevaba un hacha en cada mano, las hachas del Maestro. Donde sus pies se posaban la capa se iba volviendo más gruesa, creándole así un camino. Las flechas volaron a su espalda; siseaban y se deslizaban por la superficie del lago, se clavaban tras sus pies.


Harald y sus cuatro hombres atravesaron el lago. Dos de ellos siguieron arrojando sus flechas a un poco más de distancia. Para cuando llegó al final la chica se internó en el bosque, y a su espalda sonaron unos chasquidos atronadores. Oyó gritos y vio como los dos arqueros eran engullidos por el agua, cuya capa helada saltaba en miles de esquirlas por los aires. Sus otros dos hombres se dieron la vuelta, dispuestos a ayudarlos, pero Harald los detuvo; nada más pisar la orilla todo el lago volvió a crujir, como una advertencia. Si volvían por ellos les esperaba el mismo destino, y los bárbaros del hielo eran inmunes al frío: sobrevivirían.


La muchacha echó a correr zigzagueando entre los abetos, dejando el lago atrás. Remontó varias colinas, hacia otro lugar que conocía. Los llevaba, sin que se dieran cuenta, a un paso entre unas rocas al pie de la montaña. Lo vio desde lo lejos, tenía el mismo aspecto que siempre; lo que necesitaba.

Arf… Arf…

Silbaron más flechas a su espalda. Casi todas se clavaron en los árboles cercanos, pero estaba muy cansada y una le arañó el hombro derecho y por poco no esquiva otra que pasó muy cerca de su oreja izquierda. Notó cómo la sangre fluía un instante y se congelaba sobre su piel. No dejó de correr hasta que llegó hasta el paso.

Arf… Arf…

Esperó hasta que los vio aparecer tras la colina nevada y continuó hasta el otro lado. Entró en el antiguo lecho de un río, y siguió el canal, que descendía suavemente sin apenas obstáculos.


Harald la vio en la entrada de la cueva, como esperándolos. Tomó su lanza y la arrojó con fuerza contra la chica; rugió de rabia cuando esquivó el proyectil con un sencillo movimiento. Él y sus dos hombres atravesaron la galería, que estaba recubierta de carámbanos de hielo. Su anchura era tal que apenas dos de ellos podían atravesarla hombro con hombro sin hacerse daño. El cazador aumentó la marcha, y los suyos lo imitaron. La galería era ahora una garganta. Reconoció cuál era y que no tenía salida.


La joven sabía que aquel camino no tenía escapatoria; un desprendimiento lo había cerrado hacía mucho. Pero no tenía miedo. Las paredes estaban recubiertas de hielo. Y el hielo era suyo.

Esperó hasta que sus perseguidores pudieron verla. Estaba al final de la garganta, contra una pared de hielo, acorralada.

Harald entonces desenvainó su espada corta.

—No tienes por dónde huir. Entrégate y te prometo que serás juzgada de un modo justo, según nuestras leyes.

—Si fuese así me habríais escuchado.

—La sangre del Maestro mancha tus manos.

—¡Yo no lo maté! —Tomó sus hachas con más fuerza.

—Te lo he advertido. —Hizo la señal convenida a sus hombres y añadió con desgana—: Matadla de una vez y acabemos con esto.

La muchacha golpeó con sus hachas la pared de hielo; una, dos y tres veces. Harald comenzó a reír; su risa reverberante ocultó el chirrido que hubiesen oído de haber estado atentos. Al cuarto golpe la joven se cubrió con las hachas, justo cuando la nieve de la montaña se desprendió en una gigantesca avalancha desde la cima y cayó dentro del desfiladero.


La joven alcanzó la entrada de la garganta, sin apenas un rasguño. Se llevó la mano al hombro y comprobó que ya no sangraba. Cuando salió colocó sus hachas a la espalda y extendió las manos hacia la nieve que acababa de caer y que descendía suavemente como una lengua en una boca abierta. La masa blanca giró sobre sí misma, cerró la entrada y acto seguido se compactó como si fuese un cristal.

Suspiró con algo de alivio. Si la suerte la acompañaba no volverían a perseguirla.