Capítulo 1: La ventisca

Capítulo 1: La ventisca

Un joven avanzaba apoyado en un largo bastón por el pedregoso camino de las montañas de Glycirne; su larga capa roja ondeaba tras él movida por el frío viento de la sierra. El cayado liso, cuyo único adorno eran dos cintas atadas a su extremo, se hundía rítmicamente entre la nieve y la piedra, acompañando sus pasos con un peculiar sonido. Su cabello, que debido a la brisa se agitaba en mechones revoltosos por su rostro, era de un color castaño tan oscuro que parecía negro y le llegaba a la altura de los hombros; sus ojos, de un color verde acerado, miraban fijamente el paisaje nevado que se extendía ante él. Le faltaba poco para llegar, y entonces podría ampliar sus conocimientos. Si llegaba a dominar la magia azul estaría a un paso más de su objetivo.

Durante los últimos diez años se había vuelto más poderoso. Había aprendido a controlar casi a la perfección todos los hechizos del elemento fuego que se daban a conocer en su tierra, y ya había visitado la Ciudad Colgante para aprender de los magos violetas la melodía que susurra el viento. Si los bárbaros de aquellas tierras accedían a enseñarle su magia, solo le quedaría aprender de las otras cuatro escuelas, y entonces tendría la oportunidad de ser un Mago Celestial, lo cual se consideraba el más alto grado de la magia de Astaryn.

Tras subir una colina blanca, el mago paró a descansar unos instantes, mirando el camino que tenía por delante. Éste transcurría ahora en una suave pendiente sin ningún obstáculo. El viento había decidido dar un poco de tregua y los rayos del sol iluminaron el paisaje como si fuese un espejo. Se calentó las manos frotándolas hasta que relucieron con luz propia, y sacó de la bolsa una de sus raciones de viaje mientras tarareaba una cancioncilla. Empezó a comer, distraído, y tras terminar repasó una vez más la ruta que le habían indicado en el mapa.

Retomó el camino, y siguió ascendiendo. Ya quedaba menos. Sería Mago Celestial, tendría el poder sobre todas las cosas que forman el mundo. Pero primero tendría que convencer a los bárbaros para que lo instruyeran. Los silvanos ya se habían negado nada más verlo y tenían una concepción más abierta de los otros pueblos… excepto del suyo.

El mago volvió a notar el frío. Cubrió su cabeza con la capucha y cerró los ojos sin parar de caminar. Se concentró en su interior, sintiendo la rabia fluir por su sangre, inflamándola. Se alimentó de ese sentimiento primitivo, el odio, y el aire circundante a él comenzó a calentarse. La nieve y el hielo bajo sus pies se derretían, formando pequeños hoyos a su paso, y las tímidas briznas de hierba que pisaba quedaban reducidas a cenizas. Cuando el aire llegó a su límite vibró, y a su alrededor estallaron las llamas, rodeándolo y convirtiéndolo en una bola de fuego viviente. Abrazó las llamas, la única familia que le quedaba, y suspiró. Pero aquello no era su familia… eran un simple instrumento.

Abrió los ojos y deshizo el conjuro con un movimiento de sus brazos. El mago estaba intacto, al igual que sus ropajes. Solo una débil nube de vapor brotaba de su cuerpo, vestigio del poder que acababa de utilizar.

—Cada vez hace más frío, y el pueblo del mapa no está por ningún sitio. ¿Cómo puede vivir alguien aquí? —se dijo, notando cómo se congelaba una gota de sudor en su barbilla lampiña. Se la limpió con el dorso de la mano—. Tal vez, si utilizara el fuego para crear una corriente de aire caliente o un escudo a mi alrededor… ni me quiero imaginar cómo será pasar la noche aquí.

Aquello era una negligencia, pero le dio igual. No había nadie en aquel lugar que estuviese a su altura. Volvió a concentrarse e invocó esta vez el poder del viento, creando una ligera brisa a su alrededor. Era cálida, como si hubiese llegado de pronto la primavera. Poco a poco la brisa fue tomando fuerza hasta convertirse en viento. Giraba en torno a él, alocado como el verano. Su túnica se agitó violentamente al verse sacudida por el inesperado vendaval y perdió algo de pie. Aflojó un poco de poder sobre el encantamiento, pero el viento siguió aumentando. Aún no dominaba con maestría la magia del aire, y se estaba escapando de su control. Maldita sea.

El mago quiso refugiarse contra un árbol para retomar el hechizo donde lo había dejado, pero resbaló, perdiendo momentáneamente las riendas de la magia que había convocado. Intentó concentrarse, invirtiendo toda su energía en mantenerlo dominado, pero fue inútil; cuanto más poder empleaba, mas grande se volvía el remolino.

Con un estruendo el torbellino se desató, y pasó a ser un huracán. Las ráfagas de viento cargadas de escarcha lo sacudían, lo herían, amenazando con arrastrarlo y despeñarlo montaña abajo.


Empezó a hacer frío… mucho frío. Pero ella casi no lo notaba; el hielo era suyo. El día había amanecido despejado y con un sol radiante, pero a media tarde se desató una ventisca de la nada que ennegreció el cielo, y aquello era algo… inusual. La joven, que se había ocultado en aquella cabaña en las montañas de Glycirne, miró por la pequeña ventana empañada tras intentar limpiarla con la mano, pero a través de la capa de escarcha que la cubría no vio nada con sus ojos dorados.

Aimaliendi, que así era como se llamaba, había llegado allí días atrás, huyendo tras una terrible desgracia. Su padre, el Maestro del Agua Ankalime Soeär, fue asesinado, y ella, tras intentar salvarlo, se vio obligada a huir de los suyos. Todo hacía parecer que fue la celosa hija quien había cometido el parricidio, y le dieron caza como si fuera un hulv, pero fracasaron. Y ahí estaba ella, arrebujada en una capa de piel de oso e intentando aclarar sus ideas mientras se escondía de sus perseguidores.

Aima era, como lo fue su padre, Maga del Agua. Fue iniciada de pequeña y era bastante buena, sí. Pero… aunque se le daba bien —más que nada por la insistencia y las enseñanzas que su padre malgastó en ella, su única y adorada hija—, le gustaba más usar la fuerza. Cualquier arma glycirniana era letal en las manos de Aima, pero ahora llevaba consigo solo dos hachas de doble filo. En aquel momento estaban en un rincón del cuarto, descansando apoyadas en la pared junto un pequeño fuego encendido para dar un poco de luz a la estancia. Se había acabado el aceite de las lamparillas y se había visto obligada a prenderlo con algunos restos de madera seca, pudiendo delatar con el humo su posición a quienes la buscaban. Pero aquello no importaba… estaba cansada. Tal vez debería dar media vuelta y entregarse.

Aima suspiró. Su aliento se convirtió en vaho al salir por sus lívidos labios. Se arropó con la capa de piel y se sentó junto a la ventana. Allí jugó dibujando estrellas en el agua condensada del cristal, abstraída.

Hacía demasiado frío y eso no era normal… Aunque Aimaliendi era insensible a él había notado el cambio. Era una ventisca sobrenatural… una ventisca causada por la magia.


Mientras el mago vagaba angustiado en el ventisquero, sin parar de ascender; el frío y la cellisca lo calaron hasta los huesos. Apresuró el paso pero la capa de nieve, cada vez más gruesa, empezaba a dificultarle los movimientos y atrapaba sus piernas más allá de las rodillas. Entonces, vio semienterrada a lo lejos algo que parecía una cabaña, y se dirigió desesperado hacia ella. Cuando estaba llegando ya casi ni sentía las piernas. Perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo. Estaba muy débil y no podía levantarse. Se sentía estúpido, y tenía bien merecido estar ahí. Notaba cómo la nieve se posaba sobre él, cubriéndolo con un manto blanco. No podía cerrar los ojos, si lo hacía…

Sintió un ligero calor procedente de la nieve. No sabía que pudiera ser tan agradable. Mientras, notaba cómo se iba adormeciendo a causa del frío, perdiendo lentamente la consciencia…


El dedo de Aima paró de repente sobre el cristal. Había vuelto a la realidad de golpe, alertada por un repentino movimiento entre la blancura de la nieve. Quizás sería su imaginación, pero al fijar de nuevo la vista advirtió algo por la ventana… ¿algo?… o… ¿alguien?… ¡Sí! Alguien se acercaba a la cabaña… una difusa mancha roja… que se iba transformando en una masa de nieve blanca…

La primera reacción de Aima fue ocultarse y no dejarse ver a través del cristal, pero después se dio cuenta que no era uno de los batidores. Era algo distinto, algo a lo que la nieve estaba ahogando. Si nadie lo ayudaba iba a morir.

Sin dudarlo más, la joven de piel azul se calzó las botas para la nieve, se colgó las hachas y abrió la puerta. Pateó la nieve de la entrada y avanzó con decisión al exterior; se hundió en ella hasta los muslos, pero aun así siguió sin problemas. Cuando llegó al lugar donde había visto al ser desvanecerse, bajó la mirada, y contempló a sus pies a un joven vestido de rojo, cubierto casi por completo de nieve. Lo cargó a su espalda y volvió sobre sus pasos, lentamente, a causa del peso y del fuerte viento, pero sin darse un respiro. Abrió la puerta de un empujón con la cadera, dejó al joven junto a la chimenea y tiró las hachas con su funda en el mismo rincón de antes. Se quitó el abrigo, dejando al descubierto su tatuada piel, y se sacudió la nieve que empezaba ya a derretirse mientras observaba la evolución del joven. Se sentó en una banqueta de madera y avivó el fuego.

Tras un momento de incertidumbre, la bárbara sonrió al ver que el joven empezaba a recuperar el color. Le puso su abrigo por encima con el mismo cariño que a un animal herido y se retiró hacia la ventana, apoyando la espalda contra la pared de piedra con gesto ausente, sin inmutarse del frío que sentiría un entoi normal. Cruzó los brazos y empezó a observar al joven moreno con desconfianza; su áurea mirada lo recorrió, escrutadora, de arriba a abajo. Obtenida la información que quería, se paseó por la habitación, cogió distraídamente una de las hachas y empezó a juguetear con ella… ese muchacho portaba una Estrella… Definitivamente era un mago.


Cuando el mago despertó lo primero que notó fue cómo el calor devolvía la movilidad a sus entumecidos músculos. Abrió los ojos y contempló el acogedor balanceo de las llamas sobre un leño; en aquel momento le pareció lo más maravilloso que había visto en su vida.

Buscó a su alrededor y vio que había alguien más con él: una muchacha de piel azul y cabello blanco como un glaciar que empuñaba un hacha doble y le miraba con desconfianza. Sus ojos, grandes y amarillos, destacaban en un rostro redondeado cuya frente estaba adornada con un tatuaje azul oscuro. Su mirada fue entonces recorriendo el resto de su cuerpo, vacilando varias veces hacia el filo de su hacha. Vestía lo que parecía un sostén de piel vuelta adornado con cuentas —algo con lo que una dama de su tierra se escandalizaría— y bajo él entrevió rápidamente su cuerpo semidesnudo; otro tatuaje alrededor del ombligo que parecía un sol destacaba sobre el resto, todo azul, excepto diversas bandas de cuero que adornaban sus brazos. Una especie de falda, o de esos taparrabos que usaban los salvajes, estaba ceñida a su cintura; azul, pero más oscuro que su piel. En ella llevaba los símbolos de la Orden del Agua bordados en hilo de plata, y un broche también plateado ceñía su exótico atuendo con un fajín a las caderas. En aquel broche de plata estaba grabada la Estrella del Agua. Una maga.

Ante la sorpresa del joven, que intentó incorporarse sobre el suelo húmedo, Aima reaccionó por instinto, y colocó con un rápido movimiento el filo de su hacha delante de la nariz del desconocido. Éste abrió los ojos desorbitadamente cuando se percató de que, de haber querido, podría haberle mutilado la cara de un solo tajo.

Gürisski issnamssla —dijo ella.

Agaragh nahml glycirnan —contestó él en su propia lengua, y añadió—: No hablo glycirniano. ¿Hablas dammantino?

Saask! Tranquilo… —dijo ella en un dammantino que restallaba como un látigo, sosteniendo el arma con firmeza a la altura de su rostro. El mago pareció entenderla, bien—. No tienes nada que temer… —Torció la cabeza y lo miró desde otro ángulo sonriendo—. ¿O sí…? Bueno… eso depende de lo que te traiga aquí…

—Yo…

—¡Dime tu nombre, de dónde eres! —inquirió—. ¿¡Quién te envía!? —La hoja del hacha se acercó peligrosamente al cuello del mago—. ¿Has venido a matarme como hiciste con el gran Maestro Ankalime?

El mago reculó a gatas sobre el suelo, resbalando de forma patética.

—Espera, espera… ¿Quién? ¡No conozco a ese hombre! —se defendió. Tenía un acento extraño, seco—. ¿Quién eres tú? ¿Y por qué me has traído aquí? No necesitaba tu ayuda.

El mago miró fijamente el mango de metal del hacha y éste se puso al rojo vivo, obligando a la desconocida a soltarla con miedo para no quemarse la mano. Se levantó despacio, sacudiéndose la suciedad de la túnica que había quedado empapada.

—Yo tampoco quiero hacerte daño, de modo que no me des razones para ello —dijo con enfado mientras se terminaba de secar usando el calor de la hoguera y parte del suyo propio—. De momento estamos aislados aquí, así que mantén esas hachas lejos de mí. Me llamo Kleus Pyrus, y soy un Mago Rojo vulcanés. ¿Quién eres tú, y qué haces aquí?

Aima apartó del suelo sus armas con el pie, sin dejar de clavar sus ojos al mago. Tendió una mano azulada con uñas blancas a Kleus, que apartó justo cuando él iba a dársela.

—Soy Aimaliendi Soeär, del Pueblo del Hielo, la hija del Gran Ankalime, Maestro de la Orden del Agua —dijo pomposa. Era la primera vez que presumía de su ascendencia ante un extranjero.

—Su… hija… y él está… —murmuró.

—Soy Maga Azul y glycirniana —continuó sin prestarle atención—, y aquí se  considera deshonroso darle la mano a alguien como tú. Por otra parte… —Sonrió con malicia, y sus ojos dorados centellearon—. Corres el riesgo de poder pasarme parte de tu poder al tocarme.

Aima volvió a sentarse en la banqueta. Ofreció otra a Kleus arrimándosela con el pie.

—Por cierto, esta cabaña es mía, así que no preguntes por qué estoy aquí, estás en mi casa…

—Vaya… —rió él aceptando el asiento—, qué orgullosos sois. A todas luces este es un refugio para montañistas. No veo que tenga mucho “toque hogareño”. Prácticamente está abandonada.

—Claro que no tiene toque hogareño —contestó Aima a la defensiva—. Si ven que aquí vive alguien me podrían encontrar, y no me agradaría mucho que lo hicieran.

Kleus miró hacia el fuego.

—Ya… —añadió entornando los ojos. La muchacha bufó.

—Y-y… si ves el fuego encendido —aclaró ella tras reprenderse a sí misma—. Es que en medio de esta ventisca el humo es indistinguible.

—Ya… —se limitó a contestar él.

La mujer del hielo le dio la espalda visiblemente enfadada y se acercó a unos estantes. Tomó aire y suspiró.

—¿Tienes hambre? Aquí hay comida de sobra, pero son solo conservas, carne y pescado desecado. ¿Te apetece algo? —Mordió un trozo de carne y, tras mostrársela a Kleus, abrió una vasija de conservas que olía fuertemente a vinagre y a pescado. Aima buscó en una de las bolsas algo de pan y se puso a comer en la destartalada mesa que había allí.

—Le echaré un vistazo a las provisiones —dijo él tras levantarse, pero no encontró nada nuevo.

—Adelante, sírvete —dijo Aima con sorna—. Antes había más, pero esto es lo único que he podido salvar.

Kleus, que odiaba el pescado, optó por mordisquear algo de carne seca y extrajo un trozo de queso y una rebanada de pan de su propia bolsa.

—Hmm… ¿quieres?


Fuera la ventisca seguía golpeando con fuerza, aumentando a cada instante que pasaba, y con ella el frío que traía de lo más alto de las montañas. Kleus sabía que el hechizo tenía un límite de tiempo, pero no de cuánto se trataba. Podrían ser solo unas horas o en el peor de los casos, días enteros, semanas. Con magia fuera de control en un entorno hostil cualquier cosa era posible.

—Antes has mencionado que no te gustaría que te encontraran y tu padre… —comentó Kleus a la bárbara del hielo—. ¿De qué te escondes? Esta ventisca tiene pinta de durar bastante, de modo que mejor que nos distraigamos con algo.

Aima hizo un mohín con la cara y cerró los ojos; no quería recordar. Pero aquel Seguidor del Fuego tenía razón: la tormenta duraría mucho más.

—Mataron a mi padre, el Maestro del Agua, hace unas semanas… —empezó con su tono cortante y susurrante—. Me lo encontré muerto, en el Shissnen oss Glysse[1], solo, en su estudio… rodeado de un charco de sangre que se había cristalizado por el frío.

»No lloré… los de Glycirne no lloramos, ¿sabes? Es peligroso. La verdad… es que sentí una pena muy grande y una rabia aún mayor; un dolor fuertísimo atenazándome el pecho y la garganta. Nunca había sentido nada igual, es…—Calló unos segundos para recuperar la calma. Aspiró hondo y soltó el aire lentamente.

—…Indescriptible —asintió él, con los ojos llenos de comprensión.

—Mi madre murió al darme a luz. Soy hija única, no tengo hermanos. Me quedé sola…

—Yo… —comenzó Kleus, pero Aima no le dejó continuar.

—Me encontraba abrazando a mi padre, cuando uno de sus discípulos entró. No me dio tiempo a salir tras él y aclararlo todo.

»—¡El Maestro ha sido asesinado! ¡¡El maestro ha sido asesinado!! —gritó echando a correr como un loco.

»Era horrible; ahí estaba yo entonces, acusada de un crimen que no había cometido, contra mi propio padre… Salí corriendo, sin pensar, sin mirar atrás, por uno de los pasadizos del Shissnen que conducía a los bosques helados… Me persiguieron, pero logré darles esquinazo en las montañas. Me acordé de un antiguo refugio al que me llevaba mi padre de pequeña, cuando salíamos a cazar o me enseñaba las costumbres de los animales, y acudí aquí, sin pensarlo.

»A los dos días, más o menos, llegaron aquí en mi busca. Lo registraron todo y se llevaron toda la comida que quedaba, por si encontraba el lugar después que ellos. Por suerte ni me encontraron a mí ni al alimento que oculté en la trampilla en la que me escondí. No han vuelto a aparecer desde entonces.

»Hay veces que pienso que… debería haberme quedado allí, con mi padre… ¿Qué habrán hecho con él? Yo… yo no… no… —negó repetidamente con la cabeza—. ¡¡Maldigo a los dioses!!

Aima se llevó las manos a la cara y evitó llorar. Luego, dándose cuenta de quién tenía delante, recuperó la entereza.

—No sé por qué te he contado todo esto… —dijo mirándolo con odio, los ojos enrojecidos—. No es de tu incumbencia.

—Quizás en principio no —comentó seriamente—, pero es una historia muy interesante que por desgracia me resulta familiar. Mis padres también fueron asesinados. Presencié sus muertes cuando era pequeño, y no pude hacer nada por ayudarlos. Y… mi padre era el Gran Maestro del Fuego. Tal vez no seamos tan diferentes como creíamos.

Aimaliendi esbozó una leve sonrisa.

—Pero eso no explica el porqué estás aquí —espetó la bárbara.

Kleus sonrió entonces.

—Cuando fui lo suficientemente fuerte abandoné la escuela y lo que fue mi hogar. No sentía que lo fuera desde que pasó aquello, y el resto de mi familia se desentendió. Y a partir de entonces voy de reino en reino aprendiendo toda la magia posible. Si el asesino venció a un Gran Maestro y a mi madre, que no se quedaba corta en poder, tengo que mejorar mucho si quiero vencerle.

—Aprendiendo…

—Sí. Voy a Glycirne, a aprender la magia del agua. Pero si el Maestro ha muerto…

—Nadie enseñará la magia del agua a un Seguidor del Fuego —sentenció Aima—. No lo harán, los conozco. Nadie enseña a los que son como tú.

—Entonces he tenido a bien encontrarme contigo —replicó Kleus.

—No he dicho que vaya a enseñarte —bufó la bárbara.

—No te pedido que lo hagas —contestó de forma enigmática—. Más bien… quiero ayudarte. A encontrar al culpable, vaya. Es la manera perfecta para que tu gente me acepte y me enseñe, ¿no crees? Y de que tú vuelvas a casa.

—Estás loco.

—Puede que sea así. De no estarlo te capturaría, y te llevaría de vuelta con ellos. Pediría como recompensa ser enseñado por los magos, los que muy gustosamente aceptarían. Mucho más fácil, la verdad…

—¡Inténtalo y te daré de comer a los osos! —rugió.

Kleus se levantó y estiró los brazos. Su sonrisa iba de lado a lado de su rostro.

—¡Era una broma! Está decidido. Si lo deseas puedes acompañarme, o por el contrario… quedarte aquí lamentándote de tu pérdida y escondiéndote como una rata helada. Tú decides. Cuando pase la tormenta me iré de aquí. «Si acaba algún día» —pensó para sí.

Aima sintió arder su rostro —nadie osaba llamarla rata y salía con vida—, pero relajó el semblante; eso era debilidad, y la cara no podía perder su hermoso tono azul, sería pecado.

—No soy una rata helada. Si he demostrado cobardía y no he afrontado un destino que no era el mío era porque quiero venganza, al igual que tú. No podría haber encontrado respuestas si me hubiera quedado para seguramente morir.

Aimaliendi se levantó del asiento y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, frente al fuego. Su rostro azulado se volvió de un tono dorado a la luz de las llamas.

—No me agrada estar con alguien como tú, que lo sepas —dijo sin mirarlo—. Pero… quiero saber la verdad. No tengo otra opción que acompañarte. Así que… —Su gesto cobró firmeza—. Iré contigo. Sí… Descubriré la verdad… Acéptame a tu lado y olvida lo mal que te he hablado antes. —Le tendió la mano, con decisión. Ésta vez no iba a quitarla.

Kleus miró fijamente los ojos de la muchacha y vio determinación en ellos. Esbozó una media sonrisa y estrechó su mano firmemente, sintiendo el frío de su piel. Empezaba a caerle bien esa bárbara del hielo. Él había hecho a un lado sus prejuicios hacía tiempo, ya que si tenía que viajar de de un lugar a otro no le eran convenientes. Por el momento no había tenido grandes problemas, pero no había sido fácil…

Aima estuvo tentada de retirar la mano al sentir ese calor molesto, pero no la movió; es más, empezó a gustarle su contacto. Sintió algo bueno que emanaba de él, cálido y dulce, y tras ello un enorme dolor que lo empañaba todo. Ahora que lo miraba a los ojos, Kleus no era nada feo, con sus extraños ojos color verde acero, aunque seguía prefiriendo a un joven glycirniano antes que a él. Además… —se dijo a sí misma parpadeando varias veces para intentar despejarse—, ¿para qué pensaba esto? Él era un instrumento, lo necesitaría para saber la verdad. Intentar otra cosa con un Seguidor del Fuego era un pecado gravísimo; la deshonra y la ira de su dios caerían irremediablemente sobre ella. Aunque los dioses… a Aima le servían poco, sobre todo después de lo ocurrido. Creía en ella misma, pero siempre le quedaba la duda de si en verdad existieran, en la fuerza de la tradición.

Cerró los ojos con fuerza y apartó finalmente la mano. Cuando Kleus la soltó, vio que la palma de Aima había perdido ligeramente el tono azul a causa de su calor.

—Bueno… Como dicen los de las Islas Libres… ¡Bienvenida a bordo! —sonrió—. Ahora a esperar a que acabe esa dichosa ventisca. —Prefirió ocultar el hecho de que era culpa suya—. Parece que ahora el viento no golpea las ventanas con tanta fuerza. Es buena señal.

Aima se sentó de nuevo y observó el fuego; luego lo vio en los ojos de Kleus. Fuego… recordó su contacto y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

«Es a causa de la tormenta… —se dijo—. La magia es muy fuerte; el agua y el aire viajan juntos y se tocan, se acarician, mientras ésta pasa de hielo a líquido y a gas. Pero para que eso pase, para que llegue a mi destino y me precipite sobre mi enemigo, lo atrape y lo congele… para eso me hace falta una llama, una llama poderosa…» Volvió a sentir el mismo escalofrío, y recordó de nuevo el tacto de la mano del joven, frotándose los dedos. Cerró los ojos dorados y recordó con amargura todo lo ocurrido en el Shissnen; adelantó la mirada y se vio a si misma retozando en la sangre del asesino, dibujándose con ella otros motivos que acompañasen a sus tatuajes…

Aima apretó los dientes con rabia. Después volvió a estar tranquila a la vista de Kleus. El hielo era frío. El hielo era suyo. Ella debía seguir fría, si no, caería en la locura. Quería tanto a su padre… Nunca había querido más a nadie. Su corazón se había quedado sin vida en aquel instante, y remplazó ese sentimiento por la rabia, que le había devuelto la capacidad de latir… hasta que todo hubiese terminado…

Kleus se quedó mirando a Aima con su habitual sonrisa, observando la lucha que mantenía consigo misma.

—¿Y tú qué miras? —le soltó de sopetón la joven abriendo los ojos desmesuradamente y clavándoselos como lanzas.

—Te miro a ti, ¿acaso es “pecado”? —Sesgó los labios—. Tenéis muchas cosas vedadas los del agua. ¿Alguna vez te has preguntado la razón? ¿O es simple fe ciega? ¿Realmente crees que los vulcaneses somos demonios malvados, o es algo que te han inculcado tu gente y sus prejuicios? De aquellos que te buscan para matarte, para ser más exactos. La gente se equivoca, como tú misma has experimentado. Nunca te fíes de lo que no veas con tus propios ojos.

—A veces la vista engaña, Seguidor del Fuego. Y si lo que me dijeron de los tuyos y sus ilusiones es cierto, eres el menos indicado para aconsejarme que crea solo en lo que vea. —Volvió la vista—. Todo en lo que creo… toda mi cultura… ¡No puede estar equivocada! No puedo creerte… eres escoria… el Fuego es el aliado de la Oscuridad…

—Cálmate, por favor… —musitó el mago. No sabía muy bien qué hacer ahora.

Aima se llevó las manos a la cabeza; la vorágine de sentimientos la ahogaba. No debía llorar, ¡no quería llorar! Pero no pudo evitarlo. Unas lágrimas de cristal cayeron por sus mejillas, teñidas de un color rojizo. El agua caía congelada de sus párpados. Aima no sentía ya dolor; salía de su interior en cada lágrima, cada cristal helado que la hería…

Ahora sabía lo que se sentía… ahora sabía por qué era pecado llorar… Era una simple advertencia. Todo era mentira… ellos no eran mejores que nadie, no habían nacido para dominarlos, no estaban tan cerca de los dioses. Su sangre era también roja, como rojo era el charco de sangre cristalizada que enmarcaba a su padre… El rojo era el color de la vida, era el color del fuego…

Las lágrimas ya no eran cristal. Ahora caían dulcemente, como leves gotas de agua. Sintió un calor que la rodeaba. Kleus se acercó a ella y le secó las lágrimas del rostro. Y durante un momento Aima se abandonó en el abrazo.

—Hay que curarte eso… —La voz de Kleus la devolvió a la realidad. El mago rebuscó en uno de sus saquillos y sacó un trozo de tela blanca, luego con su otra mano cogió hábilmente un frasquito con líquido transparente y humedeció el paño con él—. Cierra los ojos.

Cuando la bárbara los cerró, poco convencida, acercó el paño a su cara.

—Puede que esto te escueza un poco, pero ayudará a las heridas a cerrarse. —El mago pasó la punta del trapo suavemente por los párpados, limpiando las lágrimas y desinfectando la herida. La bárbara dio un respingo, pero no abrió los ojos.

—Me haces daño —se quejó apretando los dientes.

—Lo siento.

Terminó de limpiar las heridas, y las untó con un emplasto que ayudaría a cicatrizar.

—Ya está. No abras los ojos en un rato.

—Gracias… —Se llevó la mano a la cara para palpar el extraño ungüento.

—No te toques —la regañó.

—Vale —contestó resignada apartando la mano.

Aima se sentó frente a la hoguera y sonrió tímidamente. Recordó cómo el Seguidor del Fuego la había abrazado momentos antes y sintió vergüenza de sí misma. Había algo en él que no era muy común, que disipaba toda la rabia que sentía hacia esa raza y la hacía verle como a un igual. Tal vez sería lo que le contó acerca de sus padres, o tal vez otra cosa aún más profunda. No estaba segura.

Kleus volvió a sentarse, esta vez más cerca de ella. Aima volvió a descalzarse, arrimando los pies junto al fuego; ahora le agradaba la sensación de calor, la ansiaba, le recordaba al tacto de aquella mano…

Pero no podía saberlo nadie más que ella.




[1] Shissnen oss Glysse. Con esta palabra susurrante, Aima se refiere al Santuario del Agua, donde estudian los magos.