Annarien

Este relato marca el comienzo de la historia de la Maestra Celestial. Fue publicado en la Revista Gibralfaro en el año 2006.

* * ** * ** * *

«Te hablo, Lishis, desde la oscuridad. Mi castigo es el que se inflige a los vanidosos, los que desafían a los dioses con maldad. ¿Sabías, mi querida niña, que yo antes tenía vista? Podía apreciar la vida en los colores. Veía los sentimientos en los rostros de las personas. Bueno… en aquellos que solían mirarme, pues me temían, y yo a ellos, feroz… »

Esta hermosa tarde de Ishtilnar,
que cae sobre un bosque de gris plata,
es tiempo que muere y se marchita,
que no ven mis ojos vacíos de muerte.

Fue desear más de lo que podía
querer ser más de lo que soy,
lo que ahora me tiene sumida
en el mundo de las sombras.

Con vacíos ojos miro el bosque,
que parece rezumar de vida
una vida que alegra mi espíritu
aunque no puede arrancarme una sonrisa.

En mí el castigo se ha cumplido,
privada de mi vista, por desear lo indebido
querer ser superior a los mismos dioses
tener su saber, embeberme con su señorío.

Miro sin ver la oscuridad del bosque.
Y llegan a mi mente los recuerdos
de cuando me llené de poder,
de cuando, en soledad me enfriaba en fuego.

De cuando unos borrados rostros,
se acercaron a mí y me tendieron sus manos,
demandando mi compañía,
ofreciéndome ser junto a ellos sombras y ceniza.

Y es que la misma Muerte me llamó a su lado,
a darme el castigo más horrible de todos.
y, quise rendirme, alargar a ellos un blanco brazo,
para verme luego cubierta de llamas.

Y ya en el cerco de muerte, toqué mi cuerpo;
No tenía forma, era casi ceniza.
Sentí que mi figura se borraba…
pero mi voluntad se imponía.

La ceniza se hizo de nuevo carne.
Seguía viva, pero no seguía viviendo.
Entre dos mundos mantengo contacto,
Pero en este conservo mi cuerpo.

Mi espíritu, ahora puro de nuevo,
Perdonadas sus afrentas,
Sirve ahora a aquellos a los que ofendió,
Y ahora es su leal sierva.

* * *

Los últimos rayos de la tarde se filtraban a través de los sedosos cortinajes blancos del estudio de Annarien. Más allá de la balaustrada y del gran edificio blanco, un gran bosque verde y gris de grandes abetos subía hasta lo alto de las montañas, donde acababa cubierto de nieve. Aquel estudio se encontraba en lo más alto del Templo Celestial, situado a una distancia considerable de Ishtilnar y escondido a la vista de todos. Sentada en los grandes cojines de terciopelo sobre el mármol gris junto a una joven vestida de gris y plata, estaba ella; sus ojos ciegos mirando hacia ninguna parte, aunque viéndolo todo.

—Y así fue cómo llegué a este estado —concluyó su relato—. No nací con estos ojos, me los «dieron» como castigo a mi altivez. Bien caro pagué mi error, Lishis, ya creo que sí. Pero eso ahora no me importa. Gracias a mis poderes veo lo que antes no podía percibir; veo tu rostro perfilado en mi mente, tal como lo siento, lo huelo, o lo escucho; por todos tus movimientos. Sé cómo eres de forma nítida, aunque por mis ojos no te he visto todavía. Sé que vas vestida con las mismas sedas que yo; tus abalorios tintinean sin que tú los oigas, aunque eso no signifique que otros seres sí lo hagan.

Lishis se removió en los cojines en los que estaba sentada, nerviosa por el comentario.

—Maestra, el camino es difícil y no sé encontrarlo.

—Debes buscar aquí —dijo señalando su corazón. Sus ojos nublados, de un color gris azulado, sin pupila, miraban vacíos, pero fijos, a los de la muchacha—. Y nunca ser lo que no eres, ni intentar ser lo que no puedes ser.

—Yo creía que debíamos superarnos día a día.

—Y así es… dame ese libro, por favor —dijo señalando a una mesa. La joven se lo tendió con ambas manos, pues pesaba mucho—. Gracias. —Lo abrió y lo puso en su regazo, y con sus manos se puso a leerlo, pasando las yemas de los dedos por las páginas rugosas trazadas con una tinta oscura, escrita con plumilla.

—¿Qué dice, Maestra?

—¿No sabes leer?

—No. Donde yo vivía no aprendíamos estas cosas, aprendíamos a cultivar la tierra, a tejer, a ocuparse de una casa…

—Pues eso habrá que solucionarlo, ¿no?

La chica sonrió.

—Siéntate junto a mí, vamos.

—¿Qué es lo que dice? —repitió.

—Dice, en la lengua antigua: El poder es una parte de nosotros, al igual que lo es el aire. Nunca lo vemos, pero siempre lo sentimos, y siempre está ahí. Nos llena cuando aspiramos y exhalamos. Baila sobre nuestra piel, por dentro de nuestro ser. Nos vacía cuando aguantamos más de lo que podemos.

—Lengua antigua… ¿Cuántas lenguas hay, maestra? —preguntó, jugueteando con la larga coleta que caía sobre su hombro izquierdo, atada en varios puntos por cuentas de oro.

—Tantas como gentes hay en el mundo. Y si tienes paciencia, te las enseñaré todas.

—Hablas como si tuvieras la sabiduría de los siglos, pero no tienes más de veinticinco años.

—Solo tengo la sabiduría de los libros, Lishis. Solo eso… —dijo triste—. Me gustaría ir fuera y conocer mundo, mientras pueda.

* * *

Annarien y Lishis

Lishis fue entregada a Annarien hace unos días. Sola, abandonada, no iba a dejarla en el exterior, sin padre, sin madre, y con la posibilidad de que fuera esclavizada o algo peor. A veces, cuando se ponía a pensar, le recordaba a ella.

Tenía la suerte de haber tenido un padre rico, pero no conocía a su madre y eso siempre la entristecía. Desde niña, Annarien había aprendido sola, autodidacta, metida en bibliotecas hasta altas horas de la noche. Incluso se acordaba de más de una vez haberse quedado dormida sobre uno de los gruesos libros que guardaban los magos. Los extraños poderes con los que había nacido habían contribuidoa la hora de aprender magia, pues poseía algunos dones como la telepatía y la telequinesia junto a muchos otros que aún no se habían manifestado y que posteriormente desarrolló.

Los demás la llamaban “hija de dragón”, Agnarcharien, debido a las habilidades que poseía, las mismas que las de los Dragones de Ópalo, y decían que éstos la llamaban por las noches y la llevaban con ella para revelarle sus secretos. Pero la verdad es que siempre había estado sola y nunca había utilizado sus poderes para conseguir que alguien se fijara en ella. Y aunque se escondía en lo más profundo, apartada de todos, los jóvenes la veían y no podían evitar enamorarse. Porque Annarien era hermosa. Hermosa como ese tiempo que transcurre entre el otoño y el invierno; los cabellos oscuros, con reflejos de oro y bronce, y la piel blanca como la nieve.

Estudiando la magia procedente de la naturaleza en su nivel más inferior, Annarien se convirtió en animista, y, a sus veintitrés años, demostró poseer una magia superior a la de muchos magos de la Orden, igualando incluso a la de su ya difunto padre. Sus maestros temían por su creciente poder y limitaron sus conocimientos. Pero ella, desobedeciendo las órdenes, se adentraba en las bibliotecas que contenían los libros de hechizos más poderosos, hasta que sola, aprendió a manejar la energía de las almas de los muertos, el arte de la nigromancia.

Y, en la cumbre de su saber, quiso más. Quiso alcanzar un poder semejante al divino, el impedir que la gente muriese al interrumpirse sus actividades vitales, y fue castigada por un error en la pronunciación del hechizo. Ardió en llamas. Los muertos a los que estaba acostumbrada a manejar a su antojo la llamaron. Pero ella consiguió escapar de la hecatombe, a costa de perder sus ojos verdes. Regresó a su tierra, y esperó, escondida como cuando era pequeña, en lo más oscuro de un claustro, temiendo las represalias. No quería ver a nadie… y que nadie la viera así, sumida en su derrota, y ciega por siempre. Rechazó usar sus poderes, incluso en caso de necesidad. Pero no la dejaron sola. Estaba siempre bajo vigilancia, aunque ansiaba más que nada la soledad y, más que nada, deseaba la muerte.

Pasó el tiempo, y, ya recuperada, ocupó su lugar, aunque ahora, dedicada a los que había afrentado, escuchando sus voces y sus quejas. Se convirtió en una mística, en contacto con el mundo de los espíritus. Nadie supo por qué cambió tanto, no solo por sus ojos, de expresión triste, sino por su manera de actuar, de tratar a la gente, completamente distinta. Aunque seguía siendo silenciosa, imperceptible como la brisa, Annarien mostraba ahora una benevolencia enorme con la gente. Usó de nuevo su magia, pero para la curación, para el bien de los vivos… y de los no tan vivos.

Y ahí estaba ella ahora, renunciados casi todos sus poderes, con una joven de dieciséis años, enseñándole todo lo que de ella podía aprender. Y bien que podía. Con un toque de su mano podría transmitírselos a su mente, como si hubiera pasado decenas de años estudiando. Todo en un segundo. Y ahora, pensó también, podría hacer lo contrario. Aprovecharse de su ingenuidad, para recuperar su vista, para recuperar sus ojos… Pero no era capaz… Lishis era ahora muy importante para ella.

* * *

Un día, mientras Annarien paseaba con Lishis por los jardines del claustro, la joven le comentó a su maestra:

—Maestra, me has dicho cómo perdiste la vista… ¿Acaso puedes recuperarla?

Annarien cerró los ojos ciegos y se paró un instante. Su brazo estaba sobre el de la joven, como si fuera su guía. Parecía que le había leído la mente.

—Sí que puedo recuperarla —respondió—. Pero para hacerlo otra persona tendría que perderla. Es un hechizo complejo. Lleva unos minutos recitarlo por completo.

»¿Sabes cuáles son esas flores? —le preguntó cambiando de tema, mientras señalaba a una hermosa flor que solo Lishis podía ver—. Son “bocas de dragón” y tienen propiedades medicinales. Pero al cogerlas hay que tener cuidado; si las cortas cuando aún no son del todo rojas, puedes envenenarte con su savia. Solo cuando se vuelven rojas pueden curar. De la otra manera, matan.

—Son preciosas… pero… ¿por qué me dices esto ahora?

—Porque algún día te mandaré por hierbas medicinales… y no quiero que mueras.

—Gracias por tus consejos, Maestra.

—¡Oh, por lo más sagrado! ¡No me llames así! No logro acostumbrarme a ese nombre… Soy Annarien. Llámame así, por favor —dijo sonriendo.

* * *

Pasaron los días. Los planes de Annarien se perfilaban en su mente. Desde hace años no había tanta actividad acumulándose en su cerebro; trabajaba a toda prisa, abriendo caminos diferentes según el plan saliera o no de una manera u otra. Encendiendo una vela para alumbrar un libro que no veía, solo palpaba, se dispuso a esperar que la joven le trajera las hierbas que le había mandado coger para realizar cierta pócima. Levantó luego el rostro, dejando caer las manos sobre el libro, y suspiró:

«La oscuridad me rodea. Vivo en un mundo de tinieblas. Nada ya puede salvarme. Nada puede… Quizás tú…»

De pronto, interrumpiendo sus pensamientos, sonó un grito más allá de las galerías, en los jardines. Annarien, recogiendo los bajos de su túnica, bajó a todo correr; se sabía los pasillos de memoria. Cuando llegó a los jardines, Lishis yacía en la hierba, con una roja flor de “boca de dragón” en la mano. La mística se agachó junto a ella; aún vivía.

—Maestra… Annarien… —logró pronunciar—. Si era totalmente roja…

—Shh… —la calmó mientras posaba la cabeza de la joven en su regazo—. Debía tener una mancha blanca bajo los pétalos, era imposible de ver, tú no tienes la culpa.

—Annarien… voy… a morir…

—No digas eso…

—Lo sé —dijo abriendo sus ojos oscuros—. Siento que mi cuerpo se paraliza poco a poco… y… siento un dolor horrible. —Su cuerpecito se convulsionó—. Quiero que antes de que muera pronuncies ese hechizo… y que recuperes tu vista con la de mis ojos…

—No puedo… voy curarte con mi poder —dijo extendiendo sus manos sobre ella. Lishis las retiró de forma brusca.

—Yo no valgo nada. Soy una simple huérfana que fue educada para trabajar. Tú, sin embargo, tienes un gran futuro, Maestra. Y necesitas tus ojos. Necesitas ver el mundo… hazlo por mí, por favor…

—Lishis… —las lágrimas se derramaban por sus mejillas.

—¡Hazlo!

Annarien bajó la cabeza. La diadema de oro con un gran ojo que se centraba en su frente fue cubierta por sus cabellos de bronce. Sintió el poder fluir dentro de ella. No gozaba de esta sensación desde hacía años… Empezó a recitar como un ensalmo estos versos mientras el ojo de su diadema se iluminaba:

As sure caipa ne halen carpnacar…
Nein caen coen teirnen sacaen…
De tir incaen ein de sidher
De sidher ne desinteir

Ke taen a sur sacae mel
Ke as sacae paes sur melkaen
Assurein neir sacae inde asca is elli
Neireas sidhaes noew sera un eunen.

Que significa:

De mis ojos se va la niebla
Tanto como de ella se cubren los tuyos.
La luz penetra en la oscuridad
La oscuridad se desvanece

Que venga a mí tu don
Que a ti pase mi maldición
Así con tu fin llega la de ella.
Nuestras almas ahora serán una sola.

—Nuestras almas serán una sola… —Annarien abrió los ojos, desorbitados. ¡¡Había cometido un fallo en el hechizo!! ¡Por segunda vez volvía a sucederle en un momento crucial! La inflexión de la última palabra no era correcta. Era “euuneen” no “eunen”. Ya era demasiado tarde. No había corrección posible… En los cielos los dioses se estarían burlando de ella.

Lishis, tras un último espasmo producido por el veneno, expiró. Annarien levantó la cabeza hacia el cielo y abrió los ojos llenos de lágrimas. La luz la hería… Había recuperado la vista. Llorando y viendo cómo las lágrimas empañaban su recuperada visión, se desplomó sobre el cuerpo de Lishis con el corazón encogido.

—La flor que llevabas era completamente roja. La “boca de dragón” solo es venenosa cuando se vuelve escarlata, después de ser blanca. Como el fuego púrpura del dragón, quema y mata. —Se llevó las manos a los ojos—. ¡¿Qué he hecho?! ¡No quería recuperar mis ojos a este precio! —Llorando y llorando, descubrió que sus nuevos ojos veían la primera luz con sufrimiento.

»No puedo pertenecer a la Orden de la Luz… maté a un ser inocente. Mi vida… mi trabajo… ¡¿Para qué mi magia?! ¡¡¡Aaaargh!!! —gritó angustiada.

«No mereces vivir… ¡Aberración de la naturaleza! ¡Ciega insensata! ¡Asesina! —decía una voz en su mente—. Lo mejor que puedes hacer es arrojarte desde el balcón más alto de este lugar sombrío. Venga, ¿a qué esperas, mística?»

Annarien, con los ojos en blanco, subió a lo alto del templo. Descalza, subió los últimos peldaños de la terraza, pasó una de sus piernas sobre la balaustrada. Luego la otra. Se inclinó sobre el vacío. Cerró los ojos. Respiró hondo…

«No lo hagas —dijo una voz conocida en su cabeza—. Tienes mucho por lo que vivir, mucho que hacer… tienes que conocer a alguien que te haga feliz… No lo hagas…»

La mística abrió los ojos y contempló, esta vez dentro de sí, el gran abismo que se abría a sus pies. Sus órbitas se abrieron sobremanera y a punto estuvo de perder el equilibrio, pero se contuvo. Cerró los ojos y respiró hondo.

—No tengo perdón. Soy una asesina… tengo que confesar mi crimen. Solo así podré hallar la paz… la paz que a mi alma le falta…

«Mi alma…»

* * *

No esperó para darle un digno entierro a su aprendiza, se sintió demasiado cobarde, demasiado impura para poder osar tocar de nuevo su cuerpo y decirles a todos que había provocado su muerte. Recogió sus pertenencias más preciadas a toda prisa y abandonó el templo, silenciosa, a lomos de su yegua plateada Brisa, cruzando el bosque que antes no podía ver, para alcanzar un hermoso lugar de leyenda. Un lugar donde, según se decía, se perdonaban los pecados más aberrantes. Y aunque ella sabía que subir de rodillas aquellos más de quinientos escalones no servía para nada, aquel lugar le atraía con fiereza. Y es que había un gran poder en él que llamaba a una parte de su alma hasta ahora dormida y que luchaba contra un ente extraño que habitaba desde hace poco en ella…

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Este relato fue publicado en la revista Gibralfaro en el año 2006. Esta es una versión más reciente del mismo.

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